Olvido programado. Capítulo 3. La fractura final
Sasha cerró los ojos un instante, el peso de la revelación presionando sobre su mente, como si cada palabra en ese archivo estuviera marcando un nuevo límite que se desmoronaba a su alrededor. Kovar, Sasha E.—esa línea era una sentencia que la arrastraba hacia algo que no podía recordar, algo que ya no quería recordar.
La ciudad seguía su curso, indiferente, ajena a la tormenta que se desataba dentro de ella. Los ciudadanos caminaban con pasos suaves, sus sonrisas fijas, atrapados en una mentira colectiva. Nadie sentía nada, y eso era lo que Novalis había construido: una burbuja perfecta, impasible, inquebrantable. Pero Sasha sentía el temblor, esa grieta pequeña y creciente en su propia conciencia.
Elian. Su hijo. Pero… ¿cómo? ¿Cómo había llegado tan lejos la manipulación? ¿Cómo podían haberle hecho esto? Sus recuerdos, fragmentados y distorsionados, comenzaban a amontonarse como piezas de un rompecabezas que no tenía solución.
Sasha aceleró el paso, deseando escapar de sí misma, de la ansiedad que la devoraba. Pero las voces seguían. La voz del niño. _“Mamá, ¿me ayudas?”_ Cada vez más clara. Y en su mente, las imágenes se formaban como un flash de memoria rota: una casa vieja, un jardín donde el sol ya no brillaba, una muñeca rota en el suelo. Ella misma, una madre. Pero ¿cómo podía ser eso posible? Todo había sido borrado. Eliminado. Reemplazado por una vida vacía, sin más propósito que el de ser feliz, sin conflicto, sin dolor.
Se detuvo frente a la entrada del edificio donde se encontraba el núcleo de los SCT. Un pequeño destello de coraje la recorrió. Si todo lo que había vivido hasta ahora era una mentira, si ella misma era una creación de esa misma mentira, ¿cómo podría seguir adelante? ¿Cómo podría permitir que otros sufrieran lo que ella había sufrido, incluso si no lo sabían?
—Elian —dijo, sin voz, pero con todo el peso de su alma. Era una declaración, no una pregunta. Y el silencio de la ciudad pareció tragarse sus palabras.
De repente, el brillo del Instituto le pareció más lejano. La sala de control, con sus paneles inmaculados y su perfección aséptica, ahora se veía como una prisión.
Desconectar el sistema era imposible. El Instituto había creado una red que no se podía romper desde adentro. Pero había una alternativa, aunque costosa. Un acceso no autorizado, un archivo oculto que podría desactivar el sistema de forma total. Un camino que la llevaría a la verdad, a los recuerdos, a la libertad.
Elian había elegido vivir sin SCT. Había tomado la decisión más radical, la más humana: renunciar al control, renunciar al vacío seguro de la felicidad garantizada. Quizá había sido por amor. Quizá había sido por algo que Sasha no podía entender aún.
En el fondo de su ser, sabía que tendría que elegir también. Ya no podía quedarse en la burbuja de Novalis, ni seguir ciega a lo que era. Para salir, tendría que sacrificar todo lo que había conocido, todo lo que había sido programado para ser. El dolor sería real, los recuerdos vendrían de golpe, y el vacío de la pérdida sería insoportable.
Y al final, quizás encontraría algo más. Algo que no había sentido en años.
Un último suspiro. Un último paso.
Y luego… la oscuridad.
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El Instituto de Novalis se desintegró en un grito silente, y con ello, la ciudad cayó. Sin SCT. Sin contención. Los ciudadanos despertaron, abriendo los ojos a un mundo en ruinas, a un mundo donde el dolor volvía a ser real, pero donde también lo eran las emociones, la vida misma.
Sasha nunca vio ese mundo. Ella ya no existía en él. Solo quedaba un último destello en la red: Sasha E. Kovar, desconectado.

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