Ecos en el código
Había polvo entre las hojas. Polvo de silicio, o de recuerdos, o de ambas cosas mezcladas. El libro estaba encuadernado en cuero sintético, agrietado por el tiempo y por la humedad de un mundo que ya no leía. Era un manual de ensamblador para un sistema operativo que nunca existió, impreso cuando aún se soñaba con máquinas que obedecieran por amor al arte.
Nadie lo habría abierto de no ser por Nara. Había entrado en la biblioteca abandonada buscando calor, pero encontró historia. O lo que quedaba de ella. La luz azulada de su implante ocular parpadeó al detectar el patrón digital en las páginas. Era un código fuente, oculto entre las líneas de un poema técnico. No parecía tener función alguna, pero algo en su estructura le hablaba de soledad.
Nara lo copió con los dedos sucios sobre su pad de notas, sin saber por qué. El código no hacía nada. No encendía luces, no abría puertas, no disparaba alarmas. Solo... recordaba. Una secuencia mínima, melancólica, escrita por alguien que necesitaba que el olvido no fuera total.
Al pie de página, una firma: // SAIKO.2144. Nada más.
Nara pasó la noche en el suelo de esa biblioteca, rodeada de libros inertes y protocolos muertos. Afuera, la ciudad seguía su ciclo eterno de neón, lluvia y ruido blanco. Adentro, ella reescribía aquel código en un entorno virtual, sin ejecutar, solo contemplándolo como se contempla un cuadro o una carta de amor que nunca llegó a destino.
Y mientras lo leía, sintió una punzada en el pecho: no todos los códigos fueron escritos para ser ejecutados. Algunos solo buscaban ser entendidos.
Tal vez Saiko no era un programador. Tal vez era un alma que vivía dentro de un sistema roto, dejando pistas de sí entre bytes y páginas mohosas. Tal vez esperaba que alguien, alguna vez, conectara con su tristeza.
El código no cambió nada.
Pero Nara sí.
Cerró el libro con cuidado, como quien guarda un secreto. Y cuando regresó a la ciudad, caminó más lento. Observó más. Escuchó más. Porque ahora sabía que incluso en lo olvidado, en lo roto, podía haber belleza.
Y tal vez, solo tal vez, amor.

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