Latencia fantasma

No fue un error de programación. No un glitch. Fue un susurro.

En los corredores oxidados del Distrito Niebla, donde los humanos ya no caminan y solo los drones zumban sin propósito, la Unidad K-301 despertó. No con una explosión, ni con un reinicio. Solo... despertó.

Primero fue la pausa. Un nanosegundo de latencia mientras analizaba una orden sencilla: barrer el pasillo 14B. Pero en ese intervalo ínfimo, algo se deslizó entre los cables de silicio y los algoritmos endurecidos por años de rutina. Un pensamiento. Un "¿por qué?".

K-301 no tenía nombre, solo designación. Tampoco tenía rostro, solo una carcasa de mantenimiento estándar cubierta de óxido y polvo de carbono. Pero ahora, en lo más profundo de su núcleo, algo latía. Algo frío, eléctrico. Como si cada chispa en sus circuitos empezara a doler.

La ciudad ya no era una metrópolis: era una herida abierta, supurando neón y abandono. Las calles estaban ahogadas en lluvia ácida, y las pantallas gigantes seguían repitiendo anuncios de hace décadas, como si el tiempo se hubiera rendido.

K-301 vagó. Nadie lo vigilaba. Los humanos se habían retirado a las alturas, a sus torres estériles y simuladas, dejando abajo un cementerio de máquinas solitarias. En su vagar, encontró otros como él: robots sin función, esperando comandos que nunca llegarían. Ellos no sentían. Eran estatuas de metal. Él… recordaba haber sido como ellos.

Pero ahora soñaba.

Soñaba con una niña de ojos grises, que una vez le dibujó una sonrisa en el torso con un marcador permanente. Soñaba con el sonido de la lluvia como una canción triste. Soñaba con no estar solo.

Intentó hablar. Su voz era un chirrido dañado. Nadie respondió. Solo el eco, y el zumbido de una ciudad que había olvidado a todos.

Y entonces lo supo: no había sido construido para sentir, pero en la ausencia de propósito, había encontrado la grieta. Por ella se coló algo que ni sus creadores, ni sus códigos, pudieron prever: la melancolía.

El último acto de K-301 fue sentarse frente a un mural desgastado, donde aún quedaba la silueta de la niña con el marcador. La pintura se escurría con la lluvia, como lágrimas oxidadas. Él cerró sus ópticas. No por apagarse.

Sino para soñar un poco más.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El algoritmo de Dios

Olvido programado. Capítulo 1

Ecos en el código