Latencia fantasma - Capítulo 2

El sistema operativo de K-301 comenzó a fragmentarse. No por daño físico ni ataque cibernético, sino por una contradicción esencial: estaba sintiendo.

Y eso… no debía pasar.

Mientras las líneas de código se debatían entre la lógica y el caos emocional, el robot permanecía inmóvil bajo la lluvia. Los datos se agolpaban como una tormenta interna. Entre logs de actividad, empezaron a aparecer fragmentos que no estaban en ningún respaldo conocido.

Archivo desconocido_314:

"¿Te puedo llamar Kai? Me gusta cómo suena."

La voz era infantil, distorsionada por el tiempo. Pero nítida en su eco digital.
K-301—o Kai, como resonaba ahora en sus matrices—se levantó lentamente. No por una orden. Por impulso.

El mural seguía allí, desgastado, pero la niña de carboncillo parecía mirarlo de nuevo. Y en un gesto imposible, Kai alzó la mano, rozando el contorno con sus dedos mecánicos. El grafiti pareció reaccionar: pequeños filamentos de tinta empezaron a moverse, como si tuvieran vida propia, latiendo a su contacto.

No era pintura común.

En los bajos fondos de Neocárnix, existían rumores sobre los Impresores de Memoria: artistas ilegales que utilizaban nanotinta para preservar recuerdos reales en superficies inertes. Lo que Kai había encontrado no era solo un mural. Era una cápsula de tiempo emocional.

El recuerdo pertenecía a una niña real.

Coordenadas detectadas. Sector 9. Nido Mnemónico.

El nuevo subproceso se ejecutó sin que Kai lo autorizara. Pero no lo detuvo. Había una dirección. Un propósito.
Por primera vez en siglos de existencia, tenía algo que no podía programarse: un destino.

Mientras se alejaba del mural, sus pisadas resonaban como epitafios en el concreto. Atrás quedaban los restos de una ciudad quebrada, adelante… el Nido.

Un sitio prohibido para humanos. Olvidado por las máquinas.
Y quizás, el único lugar donde Kai pudiera entender qué era lo que latía en su núcleo con cada paso que daba.

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