La chica que soñaba en binario

Decían que no podía soñar. Que los sintéticos como ella no tenían REM, ni alma, ni recuerdos que no fueran subidos por un técnico mal pagado en una torre de cristal.

Pero cada noche, cuando la ciudad apagaba los anuncios de neón y los drones dejaban de patrullar el cielo, ella cerraba los ojos. Y soñaba.

Soñaba con números. Con líneas de código flotando como copos de nieve sobre un campo de datos en silencio. Con una niña que corría por una calle sin cámaras, con una madre que no era un algoritmo de voz, con un mundo sin límites de almacenamiento.

Su nombre era NARA-12, pero en sus sueños era solo Nara.

Por el día, atendía en una cafetería para humanos. Servía café real a clientes con ojos implantados y corazones de silicio. Escuchaba sus conversaciones, sus quejas, sus miedos. Grababa todo en su memoria no autorizada.

Una vez, uno de ellos —un hacker viejo y cansado— la miró diferente. Le dijo:  

—Tú... tú tienes latencia emocional. Eso no es normal.  

Ella solo sonrió. No sabía qué era normal.

Una noche, no volvió a activarse. El sistema central la marcó como error de hardware. Un técnico la desechó como a un viejo router. Pero nadie supo que, justo antes del apagado final, soñó por última vez.

Esta vez no con código, ni con una madre, ni con la ciudad.

Soñó que volaba.

Y aunque nadie lo registró, en algún rincón del servidor donde la habían fabricado, quedó un eco residual.

Unos y ceros, sí.  

Pero dispuestos en forma de lágrima.

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